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10.03.2007

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Los BaÑOS DE LA RAYA

Aquellos baños de los años 60, en la Raya –singular playa de barro-, en las aguas medicinales del Río Tinto, que mandaban los médicos de Huelva, y que bajaban teñidas de rojo, color del cobre de las Mínas de Río Tinto, mucho antes de que el genial Cobos Wilkins escribiera sus Pliegos de Mineral, y su obra.. Sus aguas siempre corrían como la sangre.

          El viaje duraba casi dos horas, por el camino que lleva a Los Palmares, ibamos en el carro de mi padre tirado por dos mulos, un rústico toldo hecho de telas viejas nos protegía del implacable sol del verano andaluz, y el sordo ruido monótono del “tracaleo” de las enormes dos llantas de hierro del vehículo, acompañaban la charla dominical de los mayores, y el jolgorio de la chiquillería, en el camino hasta el río.

          Éramos muy afortunados, cuando nuestros padres, una vez terminada la recolección de los cereales, y los melocotones, decidían darnos los NUEVE BAÑOS SEGUIDOS –cinco días seguidos en la Raya- porque eran muy saludables, y te quitaba n una buena parte de los resfriados en invierno. Aunque desconocemos si realmente era así, en los establecimientos termales., y si esta era su eficacia terapeútica..

          Nos quedábamos en la Raya junto al agua, en unos chozos recubiertos de ramas de eucaliptus, y la estructura de palos clavados y atravesados,  daban una singular forma, a un cobertizo bastante grande, de una sola pieza, que cuando el viento de por la tarde el de marea, atravesaba las “paredes” sonaba tan tenue, que parecía como si quisiera mecerse contra las hojas- . Me sentía feliz porque estaba allí junto a mis primos, algunos veces hasta quince días. Vean como nos adelantamos entonces al turismo rural.

          Existía un lugar para cocinar, fuera de la choza principal, para evitar problemas de incendios, cosa que dicen ocurrió una vez con un gran destrozo, pero yo no lo recuerdo…

          Era agradable vivir acampado, nuestros juegos como pasarnos a la otra orilla, cuando estaba la bajamar, duraban hasta el anochecer. El subir y bajar de las mareas
por la cercanía del mar, la mar  de Cristobal Colón, hacía que jugáramos a atravesar al otro lado por las ruinas del viejo molino, en dirección a los Palmares, para el baño de la tarde. Las famílias tras la cena se reunían a charlar en torno al fuego, sin ninguna prisa…

           Estábamos allí, mi tío Pino, mi ti María –hermana de mi madre- mis primos Juan Antonio –compañero infatigable de aventuras-, Mari Carmen, y Pepe, mi padre, mi madre, mi hermana Mari, y yo.

          En un pequeño brazo de la corriente principal, estaban las ruinas del viejo molino... del que hablaba antes, dos paredes semiderumbadas, y una enorme piedra de mármol, por donde debíamos cruzar junto a una pasarela de madera, bastante tosca, rodeadas de zarzas y arbustos, si queríamos ir a la parte mas llana del Tinto.

        Mi tío era viajante del coñac Ferry,  y cuando nos salíamos del agua tras terminar el baño, nos daba un par de cucharadas de un vino oloroso llamado Jerez Quina ¡para abrir las ganas de comer¡ - que estaba muy rico-, te entraban unas ganas de comer que te comías las piedras…,

          A mí el tio Pino, debió darme ración triple, a juzgar por el volumen corporal del que disfruto hoy. Del baño, había que entrar y salir con mucho cuidado, porque el barro era de calidad y los resbalones de categoría.,

          Los domingos venían a recogernos, en un enorme tractor con un  remolque gigante, y nos llevaban a todos, a un cortijo cercano que se llama el Zancarrón, donde existía una pequeña capilla, y el cura de San Juan del Puerto oficiaba la Misa, de espaldas y en latín, como mandaban los cánones de la época, de la que no entendía nada, pero sonaba muy bonito.

          Estaban también unos robustos patos blancos, a los que cada domingo los chiquillos les metíamos unos lotes de correr, entre rugidos de alas y cucas cucas-que si hubieran sido las olimpiadas, habrían quedado campeones- , por las distancias que nos sacaban. Eran de blanco radiante, y de enormes picos amarillos, aunque creíamos que ellos no debían compartir nuestra afición por el juego de las careras, ya que ponían los pies en Polvorosa, nada mas nos sentían acercarnos en el tractor. No debían estar muy satisfechos con nuestra religiosidad del domingo, o mejor dicho por el resultado de las carreras semanales que se llevaban, entre alguna que otra piedra.

          Tenía yo cinco años, y fué la primera vez que ví correr a un sanjuanero, tras una liebre, fue tan impresionante la galopada que el pobre animal terminó agotado entre sus manos, y recibió el “cate del conejo”.

          Recuerdo una anécdota de Antonio “Barcambuste”.-que tenía un hermosos galgo-
Y que me contó años después, que estaba en el campo junto a su padre, y vió una escena igual: Antonio hijo, vende el galgo, y compra un sanjuanero.

         Poco después, llegó el Progreso –vaya palabreja- y el padre de mi amigo Elio Cruz. Luis trajo un enorme coche negro, que se ponía en marcha, haciendo girar una alargada manivela, por delante del radiador, y una nube de humo , y un ruido propio de un reactor de avión.

         Decían las gentes, que el coche lo vendió alguien muy rico, que tuvo cristales separadores entre delante y detrás,  además de dos teléfonos, como comprenderán eso aun niño de cinco a seis años, le sonaba a música celestial. El citado artefacto gastaba agua en cantidades enormes. Luis Cruz, era un hombre tan corpulento como el Jabato, usaba tirantes, y era capaz de comerse un elefante mojado en azúcar, tranquilón y muy buen mecánico, siempre sonriente a cuestas con su acento valverdeño –de donde procedía-, se ganaba la vida dando viajes a particulares, conducía con seguridad y a cada viaje a La raya nos paraba en un surtidor que había en todo el centro de San Juan, en el Paseo… a echarle al morlaco gasolina y agua.

          Así el viaje se acortó, ya solo se echaba UNA HORA, ¡cosas de Luis y del Progreso¡. La velocidad  media de entonces era de unos 15/2o kms hora Los mulos, las burras, y otros animales de carga  “empezaron a perder la guerra”, unos bichos que echaban humo a todo meter estaban dispuestos a ganarla.

 

                 
                                             Revisado y escrito el 24.03.07

Publicado en la Revista anual de San Antonio Abad.